Rosa Inés Figueroa

Mi gusto por la cocina empezó el día que salí de mi casa. Siempre había tenido buen diente y de hambre nunca me iba a morir – prueba de ello fue el choncholí que disfruté después de dos memorables días sin comida en Marcahuasi – pero los avatares de la vida me llevaron de un país a otro… desde mi querido Perú, pasando por países vecinos como Bolivia, Ecuador y Colombia, hasta países de Europa como Francia, Italia, España entre otros, ¡incluso el Caribe!, para terminar finalmente en EE.UU. Eso no sólo me permitió asimilar mejor los conocimientos culinarios de mi infancia y adolescencia, cuando a uno lo iniciaban en la cocina pelando papas para la causa o habas para el picante, sino que además me permitió integrar los nuevos ingredientes, sabores y técnicas que el mundo ponía a mi alcance. Como buena peruana, me fui adaptando a cada lugar y así se fue afianzando poco a poco mi propia identidad cultural, esa que conoce las bondades de la tierra y las exigencias de la vida actual donde “el tiempo es oro”.

En ese sentido, me considero una joven moderna que sabe que una buena alimentación no implica pasarse horas en la cocina como en el tiempo de nuestras abuelas, ni tampoco impide que sigamos con nuestros quehaceres cotidianos – familia, trabajo – sino que es una parte integral de nuestro bienestar y ésa es la experiencia que espero compartir con ustedes a través de esta columna.

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